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CULTURA
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«Todo por U2»
Ni el sueño ni el frío pudieron con los cerca de dos millares de fans de la banda irlandesa que aguardaron hasta veinticinco horas de cola en Anoeta
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JAUME SERRA

El primero de la fila
«He sido el primero, pero tienen un problema para imprimir las entradas y no me las pueden dar Es culpa de la impresora... Creo que ya me las dan, mamá. ¿La hostia! Se lo haré saber a Bono. Tengo un montón de periodistas detrás. También esperan que me las den. Soy el centro de atención». Así narraba a través del teléfono móvil Jaume Serra el que de repente se convertía en uno de los momentos de mayor nerviosismo de su vida. Las veinticinco horas de espera que llevaba apostado a sólo unos metros de las taquillas de Anoeta se prolongaban aproximadamente quince minutos más a consecuencia de un fallo de impresión. Pese a ser el primero de la cola formada por cerca de dos millares de seguidores de U2, este joven catalán perdía la oportunidad de proclamarse el comprador número uno de la jornada de ayer.

Un cambio de taquilla ponía fin a su incertidumbre. «¿Éstas son las mías? ¿Las seis?», se preguntaba aún desconcertado, mientras el improvisado público le vitoreaba. Con la media docena de entradas en la mano - «una es para mí, otra para mi hermana y las demás para amigos»-, concluía su odisea por hacer realidad el sueño de ver actuar al grupo irlandés el próximo 9 de agosto en San Sebastián.

«Me quedé sin entradas en Barcelona, así que decidí probar suerte aquí», explicaba el propio Jaume, quien llegaba a la capital guipuzcoana el pasado miércoles a las ocho menos cuarto de la mañana. Veinte minutos más tarde, ya estaba dispuesto a batir su particular récord de paciencia. «He ido a otros conciertos de U2, a más de seis desde 1990, y he tenido que hacer cola, pero nunca durante tanto tiempo como aquí».

Con menos de dos horas de diferencia, aparecía en escena Rodolfo Remiro y juntos comenzaban a trabar una amistad hecha a base de una misma afición musical e infinidad de confidencias. Jaume hacía recuento de los CDs, autógrafos y demás piezas de coleccionista que atesora, así como de las veces que ha tenido la oportunidad de saludar a sus ídolos. «Es más fácil verlos en un hotel como el Villa Magna de Madrid y hacerte una foto con Bono que conseguir una entrada para uno de sus conciertos», aseguraba. Rodolfo llamaba a su madre para encargarle que hiciera varias tortillas, las mismas que al anochecer repartía entre sus vecinos más próximos. «Lo estamos compartiendo todo, igual que hacíamos de niños al irnos de convivencia», subrayaba.

Sistema de reservas

Rodolfo y Jaume eran dos de los artífices de un práctico sistema de reservas. «Hemos hecho una lista en la que según iba llegando la gente, se apuntaba dejando su nombre. A cambio les dábamos un papelito con un número. De esa forma, cuando han llegado los de la organización, sólo han tenido que cambiar el papelito provisional por el oficial».

El resto de compañeros aplaudían la idea. «Menos mal que se les ha ocurrido», decía Alberto. «Así nos hemos evitado broncas».

Los 761 primeros números terminaban de repartirse a la una de la madrugada. Para entonces, Itziar, una vecina de Amara Zaharra, se encontraba con Antxon y hacía memoria de la primera vez que vio a su grupo favorito. «Fue en un macroconcierto en Bruselas. A ver si ahora tengo suerte y vuelvo a verlos», deseaba, sirviéndose una taza de café con ron. Cerveza y galletas de chocolate era la combinación elegida por Florence y su amiga Maider, dos chicas procedentes de la localidad francesa de Pau, para cenar. «Mejor venir a San Sebastián que ir a París», comentaban al tiempo que intentaban abrigarse con el edredón que ambas compartían.

El termómetro marcaba apenas tres grados, pero a pocos parecía importarles. «Todo por U2», repetían, como si de un mantra mágico se tratase, numerosos jóvenes. Ese era el caso de Sandra y su novio Joni. «Venimos de Bilintx. No sabemos dónde quedarnos». Les acompañaba Patricia. «Soy azafata y hoy me ha tocado volar incluso con turbulencias por venir».

Santos, un donostiarra que proclamaba su «amor» por los irlandeses más famosos del momento, conversaba con Pedro y Cote, dos treintañeros de Toledo. «Con las veces que yo me he reído de las niñas que siguen a Bisbal y ya ves, aquí estoy, aguantando la humedad», declaraba Pedro. «Y no te olvides de la nieve que hemos encontrado en el camino», le recordaba su amigo.

Mus en el campamento

El mus se convertía en el pasatiempo preferido de los noctámbulos que no pegaron ojo durante las horas de espera. «Y entre la bebida y los 'cigarrillos de la risa', nos lo pasamos en grande», matizaban los integrantes de uno de los grupos que, en corro, rehuían el cobijarse en las numerosas tiendas de campaña que hacían de Anoeta una suerte de campamento de verano en pleno febrero.


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